
El martes estaba volviendo de la facultad como siempre, al llegar al tren me entero que no habían salido ya dos trenes por lo tanto en el tren que viajé estaba muy muy muuuuuy lleno. Cuando el tren ya había salido, un muchacho que estaba frente a mí y que hasta entonces había pasado inadvertido, comenzó a hablar en vos alta, lo cual rápidamente provocó dos acciones por parte de los oyentes: la primera de ellas fue la de la sorpresa, hasta ya pude adivinar el pensamiento de algunas personas (justamente las que se dieron media vuelta o se corrieron) “éste nos va a pedir algo” o “éste esta loco” y cosas por el estilo. La segunda fue la del miedo... ambas íntimamente relacionadas creo yo... cómo es que alguien se atrevía a hablar así como así? Es más, este personaje hasta miraba a los ojos a todo el mundo y sonreía! Cierto que no se ven cosas así hoy en día? Y claro, la gente se asusta...
Me sorprendió la actitud de este personaje, flaco, de ojos celeste profundo, de aspecto algo desgarbado… En un instante comenzó a doblar papeles y a hacer figuras de papel y a regalarlas: Una paloma para una señora, un barco para un señor, una flor para una chica y un cubo para otro señor que no aceptó y por eso me lo dio a mí… siempre cuando entregaba una de estas figuras miraba a los ojos a su receptor y sonreía y puedo jurarles que era una sonrisa… no sé cómo definirla, creo que la mejor palabra es “pura” sí, era una sonrisa pura. A medida que iba haciendo y entregando los papeles, nos miraba a todos quienes estábamos a su alrededor y nos enseñaba cómo doblar, pliegue por pliegue, un papel para sacarle algo que , según él, estaba escondido en el papel y nadie podía ver… “hay muchas cosas que no podemos ver y que están sin embargo a nuestro alrededor… qué hay en este papel? Nada… y ahora (hacía unos cuantos pliegues) una paloma para usted!” decía.
Éramos cinco o seis personas las que estábamos prestando atención a aquél curioso personaje que se esforzaba en instruirnos en el doblado y armado de figuras de papel y nos hablaba de que las cosas son más de lo que nos parecen, esconden más cosas…
En un momento se quedó sin papeles y empezó a buscar en su mochila, sacó dos papeles más y se puso a hablar en voz muy baja y tranquila: “soy enfermo de SIDA y como tantos otros enfermos perdí mi trabajo… mi enfermedad no es una excusa para bajar los brazos y dejar de vivir y de luchar, por eso aprendí a hacer papiroplaxia y lo comparto con ustedes… saben? Siempre hay más en las cosas de lo que llegamos a ver…” No dijo nada más, no pidió nada, no gritó con voz lastimera, no habló de su difícil situación, no fue una víctima de la sociedad, no se quejó de su suerte… simplemente nos regaló figuras de papel… En ese momento vinieron a mi memoria muchos recuerdos de una persona querida que perdí por el SIDA, una persona que no se dejó ayudar porque ésa fue su elección… pero ahora frente a mí había alguien que quería luchar… Metí mi mano en el bolsillo y saqué toda la plata que tenía excepto unos dos pesos que reservé para poder venir al ciber a compartir esto con todos ustedes, y se la di. La gente que estaba a mi alrededor y que lo había escuchado le tendió unas monedas a su vez, aún hasta aquellos que no habían recibido ninguna figura de papel… Hubo quienes no dieron nada, quienes se dieron vuelta, quien carraspeó y hundió la mirada más allá… en todos ellos noté lo mismo: miedo, ni miseria, ni egoísmo, ni mezquindad… sólo miedo, miedo por lo desconocido o, lo que es peor, lo mal conocido. Una señora (la que había recibido la paloma de papel) rápidamente se la regaló a alguien que estaba a su lado… más miedo. Muchas veces nos volvemos duros y mezquinos y terribles sólo porque estamos asustados y nos sentimos vulnerables… Hace poco aprendí a ver detrás de los actos de la gente cuáles de ellos están inspirados por el miedo y, prácticamente, las más de las acciones de enojo y violencia (física o no) y de “dureza” sólo tienen un propósito: Tapar el miedo que sentimos para que nadie lo vea… para que nadie lo encuentre.
Después de haber recibido unas pocas monedas se puso a doblar una vez más los dos papeles que había sacado de su mochila: otra paloma (que podía “volar” decía él y le hacía mover las alas…) y otro barquito. Regaló uno a cada persona que tenía más próximas a él, dijo “muchas gracias” se dio media vuelta y se fue… no esperó más monedas, no esperó “de nadas” no esperó aplausos… no esperó nada, simplemente sonrió, caminó un poco hasta la siguiente puerta y se bajó en la estación…
Yo no sé qué será de la vida de él, no sé su nombre ni su edad, no sé nada de su vida, nada de nada… y sin embargo le estoy profundamente agradecido por haberme iluminado la tarde como lo hizo, sin hacer más que sonreír y recordarme que la vida esconde más, mucho más, que aquello que vemos.
Gracias por tu tiempo.
El loko maxy.
Me había olvidado de esta historia...que lindo cruzarse en la vida a estas personas que tienen algo por enseñarte sin pedir nada a cambio...y encima, te regalan su mejor sonrisa.
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