Se cuenta de cierto campesino que tenía un caballo de tiro ya viejo y casi ciego.
En un lamentable descuido, el caballo cayó a un pozo que había en las afueras del pueblo. El campesino oyó los relinchos del animal, y corrió para ver lo que ocurría.
Le dio pena ver a su fiel servidor en esa condición y trató de sacarlo. Tiró de las riendas con todas sus fuerzas, empujó al jamelgo desde atrás. Hasta trató de hacer palanca con una larga vara para empujarlo fuera de la trampa en la que había caído. Pero no hubo caso, era imposible…
Después de analizar cuidadosamente la situación, decidió que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sacrificarlo. El campesino llamó a sus vecinos, y después de ponerlos al tanto de lo que estaba ocurriendo, les pidió ayuda para sepultar al caballo en el mismo pozo en que había caído. Si lo hacían rápidamente y entre todos evitarían que el animal continuara sufriendo.
Todos aceptaron prestar sus manos, sus palas y su tiempo para ayudar al vecino y al propio caballo. Al principio el animal bramaba enfurecido cada vez que una palada de tierra le caía sobre el lomo. Sin embargo, a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra, el caballo se dio cuenta de que podía deshacerse de la tierra si se sacudía con fuerza. Una y otra vez, el animal recibía cantidades de tierra y una y otra vez se sacudía y se libraba de ellas. La tierra se acumulaba en el fondo del pozo y el caballo que coceaba y pataleaba todo el tiempo iba subiéndose sin quererlo sobre el nuevo nivel del fondo. No importaba cuan dolorosos fueron los golpes de la tierra y las piedras sobre su espalda, o lo angustiante de la situación, el caballo luchó contra en pánico, y continuo sacudiéndose mientras a sus pies se iba elevando el nivel del suelo. Los hombres, sorprendidos, captaron la esencia de lo que sucedía y esto los alentó a continuar paleando con fuerza renovada. Llego un momento en el que el pozo se había llenado tanto de la tierra que el caballo sacudía que el equino solo tubo que dar un pequeño salto para salir definitivamente del pozo. La tierra que se le tiró para enterrarlo se convirtió en su salvación, por la manera en la que el instinto del animal lo llevo a enfrentar la adversidad. El campesino se dio cuenta de lo mucho que tenia para aprender de su viejo caballo de tiro y empezó a quitarse de encima algunas cosas que cargaba en sus espaldas y a subirse a sus dificultades…
(...) Como en el cuento, hay que aprender que hay más de una manera de salir del pozo y que, a veces, tironeando no se consigue nada bueno...
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